¡Ya tenemos ganador/a de nuestro primer concurso de relatos de aventuras intrépidas!

La ganadora del primer concurso de relatos viajeros de viajes Trekking y Aventura es (redoble de tambores) ….. ELIA GARCIA SAURA 

Enhorabuena Elia y gracias por tu participación!

Queremos agradecer al resto de participantes  vuestra participación en el concurso y por vuestros intrépidos relatos. 

Prometemos un segundo concurso…

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Colapsos existenciales bajo la tormenta y algunas decisiones vitales

Un turístico 31 de julio del 95, salimos del lodge alquilado en los Cayos de Florida rumbo a Key West. Mi nuevo yo recién divorciado llevaba diez días circulando por la costa este de Norteamérica con un amigo, que justo entonces había dejado de ser pareja esporádica. No fue fácil tomar la decisión de continuar con los planes de viaje preestablecidos, una vez llegados al punto de ruptura sentimental; pero esos mismos planes, tan atractivos para los dos, nos hicieron continuar.

Acabábamos de llegar a la que se suponía nuestra última parada: queríamos disfrutar de unos buenos días de sol y playa después de mucha ciudad neoyorquina y parques temáticos variados. Tal vez si por aquella época hubiésemos tenido internet, con las costumbres de híper conexión y mega información a las que ahora estamos habituados, hubiésemos visto la realidad climática que ya empezaba a manifestarse. Fuere como fuere, eso no pasó.

Así que, desconociendo nuestro destino, allí nos encontrábamos. Habíamos llegado un día antes, provenientes de Miami; los cielos grises y los clubes de snorkelling cerrados nos tendrían que haber alertado. Eso tampoco pasó.

 

Esa noche del treinta, ahora lo sé, enviaron un avión de cazadores de huracanes en misión de reconocimiento, pues ya se acercaba la onda tropical que salió el veintidós de julio desde las costas de África, y comprobaron que se estaba convirtiendo en tormenta tropical; sería el quinto de los veintiún ciclones de aquella temporada de huracanes en el Atlántico.

Volvamos a nuestro paseo en coche hacia la última isla de los Cayos, la más cercana a Cuba, a tan solo 105 millas: Key West. La radio no dejaba de emitir cierta información que entre puentes-carretera e islas íbamos escuchando, sin comprender apenas. Pasamos un buen día, lo reconozco, a pesar de ser gris y ventoso y no dejarnos admirar el color turquesa de sus aguas.

Regresamos ya a media tarde y mi oído empezaba a adaptarse al acento radiofónico de ese insistente locutor que siempre repetía lo mismo… y entonces comprendí: HURRICANE ERIN… Huracán Erin… ¿cómo? Oh My God!

Justo entrando en el recinto del lodge, el dueño ya nos estaba gritando: Hi gays, where were you? WHERE WERE YOU? The Keys are going to be closed tonight because of the Hurricane Erin, which is coming directly to us. Please, take all your belongings with you, now, and leave the Keys!

(Traducción: Chicos, ¿dónde estabais? Los Cayos se cierran esta noche debido al Huracán Erin, que viene directamente hacia nosotros. ¡Por favor, coged todas vuestras pertenencias y abandonad los Cayos ¡ahora mismo!).

Madre mía, qué acojone… Le preguntamos a dónde podíamos ir para que nos diesen habitación y nos contestó que directos a Miami. Tardaríamos un par de horas en llegar allí y entrar en un imponente hotel delante del mar, ya de noche. La recepcionista nos acogió con una sonrisa. 

La encargada de interactuar con los americanos siempre era yo, consecuencia de la casi nula capacidad en inglés de mi compi de viaje; así que le pregunté si podíamos quedarnos tres noches, las necesarias antes de volver a Barcelona desde el aeropuerto de Miami. Y nos dijo que solo una. ¿Razón? Pues que en el transcurso de las dos horas que habíamos tardado en llegar allí, el huracán Erin había virado hacia el norte y esperaban su paso por aquel mismo lugar de la costa. ¿Cómooooooo? No me lo podía creer, ¡maldita suerte, la nuestra! Valoramos quedarnos allí esa noche o continuar. La amable recepcionista nos recomendó seguir más hacia el norte, dirección Boca Ratón, o incluso llegar a Palm Beach, que allá seguro podríamos quedarnos todos los días: un lugar muy bonito a “tan solo” 75 millas.

Una hora y media más tarde entrábamos en una zona de villas lujosas, plagada de señales de “evacuation route”, acorde con un lugar muy visitado por tormentas, ciclones y huracanes varios.  Allí no encontraríamos hotel nunca. Conducía yo, como se hizo costumbre en lugares con cierta peligrosidad. 

Así que decidí seguir el perfil de los edificios altos al fondo y cambié la ruta. Pasamos por delante de una gasolinera, muchas bombillas amarillas y pocas almas, excepto un sospechoso hombre que me asustó nada más verlo. Imágenes de películas pasaron por mi mente, así que pasamos de largo y no entramos a preguntar al de la tienda.

Preferí seguir, eligiendo una avenida blancamente iluminada de doble carril que cruzaba una manga de mar. Ya no hizo falta imaginarme ninguna película más de esas de crímenes y cosas por el estilo, tipo “Miami vice”, pues en la parte izquierda del puente, en sentido contrario, una persecución en toda regla se estaba ejecutando con policíaca precisión: adelantando un coche a otro hasta hacerlo parar, y a punta de pistola, dos policías obligaban a bajar a los supuestos delincuentes. ¡Ostras, y ostras! Eso iba de mal en peor. Ir a buscar a ese único coche de policía en la noche cerrada del “idílico Palm Beach” para preguntarles , no era buena idea; estaban muy ocupados en esos momentos… y además no quería que nos confundieran, que igual no dormiríamos al raso, pero sí en otro lugar indeseado.

Miré a mi compañero que había ya dejado de existir como tal: al más puro vegetal se limitaba a respirar con dificultad a mi lado, hundido en el asiento del copiloto. Estaba sola, a las doce de la noche, y debía actuar con rapidez, inteligencia serenidad. 

Respiro, me concentro, miro más allá de la avenida, más allá de mi vista, más allá del papel… Pensamiento lateral en marcha, las neuronas creativas me vienen a buscar. 

No en balde mi profesión y mis estudios de especialización en cierta escuela de negocios de prestigio internacional me habían procurado herramientas útiles en circunstancias competitivas de alto estrés. No era el trabajo, pero estaba muy estresada y el momento requería de decisiones urgentes y equilibradas.

¿Dónde puedo ir que sea un lugar seguro, donde atiendan bien, que no nos ataquen, más bien que nos cuiden; público, cercano, que exista en una ciudad, en cualquier ciudad? ¿Un lugar fácil de ver, de encontrar, señalado?

 ¡¿Un hospital?! 

Y virando de nuevo hacia el interior de la ciudad, a lo lejos una enorme H de color azul brillaba en la oscuridad. Así que hacia allí nos fuimos. A urgencias. Bueno, estábamos ya en una urgencia, y seguro que el acceso estaría abierto a todo el mundo.

Bien, el parking señalado, vamos bien. La entrada al edificio también se ve a lo lejos. Aparco justo delante. Un enorme guarda de seguridad vigila desde afuera, en la misma puerta. Bien, alguien a quien dirigirme inmediatamente. Salgo y dejo al vegetal-“compi sentado”-a cargo del coche cerrado. Decidida me acerco al agente, le pregunto dónde podemos encontrar un hotel o lodge para pasar los días siguientes de tormenta sin tener que movernos, a la espera del huracán y hasta nuestro regreso a España. 

Inmediatamente entendió la situación y extendiendo su brazo me señaló el camino hacia el interior de la ciudad, más allá del mar, más allá de la zona peligrosa, y en la misma avenida principal donde nos encontrábamos.

A unos kilómetros al oeste, a unos minutos del hospital, un Best Western con el jardín frontal apalmerado emergió sosegado a mi izquierda. Entré en el recinto, aparqué y entramos los dos al edificio principal. Sí, tenían habitaciones, y sí nos podían acoger todas las noches necesarias.

El hasta entonces vegetal empezó a emitir pequeños sonidos humanos que me indicaron que se encontraba un poco mejor. Y la verdad, vernos a los dos a salvo a mí también me subió un poquito la moral.

Aquel martes 1 de agosto de 1995 lo pasamos en la habitación de un hotel muy confortable, con dos camas queen size, (dos, que esa extraña pareja que conformábamos no quería roces, ¿eh?), viendo la pantalla del televisor que presidía nuestro pequeño refugio, escuchando a los expertos estadounidense a todas horas explicarnos la evolución de la trayectoria del “Hurricane Erin”. De nuevo, esta había variado y aquel ojo del huracán, tan bien formadito, se dirigía exactamente hacia la costa de Florida donde nos encontrábamos. Se esperaba que tocase tierra en las primeras horas del día siguiente. Qué viaje, cielos…

La madrugada del dos al tres, la cola del huracán Erin se dejó sentir sobre las ventanas cerradas con portones en la población costera de todo Palm Beach. De nuevo, afortunadamente, la trayectoria varió hacia más al norte y aquel ciclón con categoría 1 tocó tierra por Vero Beach, a unas 70 millas de donde nos encontrábamos, y cruzó toda la península de Florida, saliendo horas más tarde al Golfo de México para volver a tocar tierra por Pensacola en las primeras horas del día tres, ya alcanzada la Categoría 2 en la escala de huracanes de Saffir-Simpson. 

Esa cola del huracán no nos impidió movernos. Visitamos la playa, el centro comercial lleno de tiendas de marcas lujosísimas, y cuando unas enormes gotas de lluvia nos empezaron a amenazar, entramos en un enorme edificio comercial de varios pisos, en inglés “mall”, donde descubrí que podemos pasarnos horas y horas deambulando sin pausa y con tranquilidad, comprando o simplemente escudriñando. Allí nos separamos; un pequeño descanso en la convivencia nos iba a ir bien, pues el día anterior mi psique estuvo a punto de colapsar; reconozco que fue un pelín agotador sentirme tan sola en compañía en esos críticos momentos. Él también aprovechó para relajarse deambulando de acá para allá sin miedo a lo desconocido, con la alegría de visitar esas tiendas de los parques temáticos que tanto le atraían. Los dos contentos, pues.

Regresé a Barcelona con una maleta nueva floreada, que todavía hoy conservo. Estaba llena de ropa y complementos, made in china casi todos ellos, originales y divertidos, baratos y duraderos como se demostró con el tiempo. Volví totalmente convencida de que las relaciones interpersonales se han de cuidar en cada momento, en cada quilómetro de nuestro viaje vital; de que ante situaciones fuera de control, la serenidad nos ayuda a encontrar la salida adecuada. 

Un placentero viaje en avión después de esperar, por supuesto, un montón de horas de retraso en el Miami International Airport, nos condujo a nuestro destino, sanos y salvos.

Mi compañero de aventuras de la costa este de Norteamérica dejó de ser un habitual en mi vida. Simplemente nos separamos en el aeropuerto dándonos las gracias mutuamente con un gran abrazo, y sin más no nos volvimos a ver. Hace unos años me contactó profesionalmente por linkedin, y sin embargo no nos enviamos ningún mensaje. Todo está bien, pues lo que ocurrió entre nosotros así lo deseamos los dos. Él me enseñó mi parte masculina, y por eso le estoy inmensamente agradecida. Una parte que me hace ser yo, femenina también hasta la médula según las mujeres que me conocen a fondo y los hombres que conforman mis amistades. 

Observada en la distancia que dan los años y las experiencias de otras aventuras, esta fue sin duda la primera de las múltiples historias que intensamente viviría, y sigo viviendo, a lo largo de mis viajes por este precioso y único mundo.

Firmado: Elia García Saura

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